Fuera de foco

Resacón en Las Vegas

El Real Zaragoza ve truncada su racha triunfal ante un Girona con ganas de ascenso. El riguroso penalti cometido por Jair dejó a los nuestros demasiado congelados para optar siquiera al premio de consolación

La resaca de las resacas. Cuatro amigos viajan a Las Vegas para celebrar la despedida de soltero de uno de ellos. Un clásico. El cuarteto se dispone a tomar la primera copa en la azotea del hotel, escenario de lujo para dar el pistoletazo de salida a una noche inolvidable. Alan, hermano de la novia, decide de manera unilateral rociar los cubatas con Rophynol: una droga que crea adicción y la pérdida total de memoria, entre otros muchos efectos nocivos. Gracias al adulterado brebaje, la velada descarrila. A la mañana siguiente, nadie se acuerda de nada y lo peor de todo: Doug, el novio, ha desaparecido. Phil, Stuart y Alan deberán actuar a contrarreloj para encontrar a su amigo y llevarlo hasta el altar, en una misión que se antoja complicada debido a la amnesia y a la pintoresca índole de las pistas que manejan: la suite del hotel está completamente destruida, hay un tigre en el baño, un bebé en el armario, una gallina merodeando por el salón… y el diente de Stuart en el bolsillo del pantalón de Alan.

Se presentó el Real Zaragoza en Montilivi envuelto en un aura de euforia difícilmente camuflable, a lomos de una dulce resaca provocada por la racha triunfal de cinco partidos seguidos engordando el casillero. El atracón le pasó factura. Venía el equipo bebiendo las copas con pajita para no atragantarse, desde la victoria por la mínima ante el Mirandés en la Romareda. Malibú con piña al principio, que la noche es larga y conviene llegar entero al tramo final. Como la cosa iba relativamente bien —paso lento, pero seguro, en Logroño y frente al Cartagena—, nos fuimos animando y, poco a poco, abandonando la barra y el Malibú en beneficio de la tarima y el whisky irlandés. Salimos de Fuenlabrada sintiéndonos capaces de todo. El cuerpo levitando sobre la pista de baile al ritmo del moonwalk de Michael Jackson y la mente liberada, por fin, de ese miedo que nos impedía mover las piernas con soltura en los momentos clave. Entonces alguien se vino arriba y pronunció la famosa frase que suele gritarse en cualquier garito antes de que se enciendan las luces y emerja la figura del segurata: «No hay huevos a ganarle al Almería». Pedimos dos chupitos de Jager y ganamos al Almería. Llegamos a Girona con las mejores intenciones, engullendo litros de agua para hidratar unos músculos apelmazados por el etanol, pero se nos notó demasiado: el escorzo de Jair en la jugada del penalti, el control largo de Narváez cuando enfilaba portería o el ritmo endiablado de JIM a la hora de mascar chicle, como lo haría un quinceañero al entrar en casa tras su primer botellón… No pasa nada. Después de tanto sufrimiento, nos merecíamos una buena borrachera. Sirva este correctivo para dejar atrás esa dulce resaca y afrontar el partido del Sporting en plenas facultades.

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