ALFONSO REYES @futbolgrafo

CORAZÓN DE LEÓN

Quizá no diga demasiado esta imagen, más allá del detalle de cómo ambos futbolistas tratan de tener al otro controlado mientras esperan la llegada del balón. La he seleccionado, como apertura de este nuevo álbum de FUTBOLGRAFÍAS, porque Lluis López ha rendido a un nivel más que notable en los últimos cuatro encuentros -en Cartagena, incluso, como mediocentro durante la media hora final-, justo cuando más dudas bailaban alrededor de su figura. Ante el Amorebieta, volvió a llenar el vacío siempre sensible de Francés y me atrevería a decir que si un ojeador estuvo en La Romareda y vio por primera vez al Real Zaragoza, creería que él era el líder en la pareja de centrales.

Este lanzamiento de falta, cobrada sobre Borja Sainz, quizá debió ser ejecutada por un especialista como Eugeni o por un zurdo como Chavarría; pero Zapater tiró de galones y procuró una imagen que bien podría considerarse una metáfora del muro contra el que se chocó una y otra vez el Real Zaragoza durante la primera mitad. Un muro orgulloso y admirable, de un equipo lleno de dignidad, que representa a una localidad de apenas 20.000 habitantes y que no se permite ni la más mínima rendición, por improbable que resulte su permanencia.

La disputa y la negación de espacios hizo que, graficamente, no resultara una primera mitad sencilla. Demasiada densidad de piernas por pixel cuadrado. Entre todas las que pueden sostener esta impresión, me quedo con ésta. El año en el que los infatigables Rolling llevarán a cabo una nueva gira, dos viejos rockeros apuran su muy probable último baile. Zapater ya superó en Cartagena a Manolo González como el tercer jugador que más veces ha vestido la camiseta del Real Zaragoza en la historia: 384 ahora. Y Mikel San José, un clásico del Athletic de Bilbao, siempre sin representante porque nunca tuvo la intención de irse de su casa, ha recalado en el Amorebieta en este ocaso de su carrera, tras una experiencia de un año en Inglaterra, para ayudar a evitar lo que parece inevitable: el descenso de su equipo a la Primera RFEF.

La simetría de la desolación. Este es el cuadro que compusieron hasta cinco futbolistas del Real Zaragoza apenas unos segundos después de que el Amorebieta encontrará su gol, por medio de un cabezazo inapelable a la escuadra. No podía ser, parecía que habíamos escapado de la radioactividad que nos había envuelto durante toda la temporada y, súbitamente, estábamos de regreso a ella. Llama la atención el gesto gemelo de cinco futbolistas tan dispares, tanto en físico como en su lenguaje corporal más habitual.

Mientras el Real Zaragoza seguía cabizbajo y el Amorebieta apuraba la felicidad de su celebración, Álvaro Giménez no quiso desperdiciar ni un segundo y se apresuró a poner el balón en el punto central para sacar cuanto antes. Aquí no se rinde nadie, pareció querer decir. Quedaba poco tiempo y las sensaciones eran muy mejorables, incluso La Romareda pareció dejar de creer en su equipo en ese momento, pero el delantero alicantino nunca lo entendió así y volvió a focalizar todo su esfuerzo en sacrificarse por el equipo, supeditándolo a cualquier ánimo de brillo personal.

Vada vivió su momentánea expulsión como lo que parecía ser. No se trataba de perderse los minutos finales del encuentro, ni siquiera de los dos o tres de sanción que hubiera podido recibir en caso de confirmarse su aparente agresión. Quizá supusiera el punto y final anticipado de su etapa zaragocista, que arrancó tan prometedora y ha ido sufriendo tantas decepciones en los últimos meses. Sus súplicas al colegiado, además de venir impulsadas por la certeza de que apenas había sido un forcejeo y nunca nada más grave, tenían ese tinte de reo que implora porque un juez máximo indulte su vida. El VAR lo hizo y parte de La Romareda silenció su hiriente y muy desafortunado cántico.

JIM se mantuvo firme en sus convicciones y recurrió a Azón y a Puche cuando el partido doblaba su esquina más delicada. Se llevaba una hora de encuentro y el buen impulso ofrecido tras el descanso no había sido suficiente para doblegar la resistencia del Amorebieta. No pareció la mejor decisión retirar del campo a un muy destacado Borja Sainz, como tampoco a un mejorado Sabin, pero la grada hacía ya rato que reclamaba a Iván sobre el terreno de juego. Su impacto no resultó tan inmediato como en otras ocasiones, de hecho el Real Zaragoza atravesó un cierto valle en su juego, coincidiendo con la salida de ambos canteranos, pero Azón lideró la rebeldía de los suyos a partir del gol del Amorebieta y anduvo sobrado de arrestos para rematar a gol un último centro de Gámez, y celebrar un empate que sólo por anotarlo él y por hacerlo casi sobre la bocina fue celebrado.

Eugeni fue sustituido de manera inesperada a falta de 20 minutos, sobre todo porque era Nieto quien se disponía a entrar y resultaba difícil  imaginar que uno entrara por otro. Abandonó el terreno de juego por detrás de la portería del fondo norte y su proximidad nos permitió hacer este retrato mientras se retiraba. Mirada al marcador y gesto angustioso. El partido se consumía y el triunfo no llegaba. El Amorebieta se empeñó en su marca y el catalán apenas pudo dar brochazos de su calidad de otra categoría.

A partir de que el Amorebieta se pusiera por delante, comenzó a agigantarse la figura de Azón en el encuentro. Cuando parte de La Romareda caía en la macabra tentación de corear con olés las posesiones del rival, Iván entró en erupción y comenzó a exigir a sus defensores esfuerzos más propios de otra especie. Aquí lleva al límite a Aldalur y termina obteniendo un córner, que recanalizó la energía del estadio y recuperó el compromiso colectivo por tratar de rescatar el mejor resultado posible en los minutos finales.

Nano Mesa, último suplente en ingesar en el terreno de juego -sustituyó a Chavarría en el 85- fue uno de los más efusivos en una celebración, ya de por sí desatada. El canario, quien comenzó la temporada de un modo ilusionante y ha terminado por diluirse, no se permite desconectarse anímicamente y su compromiso, pese a estar cedido y ser más que complicado que continúe la próxima temporada, es tal que se abraza y junta su frente con el joven que ha pateado el tablero y que contribuye -como efecto colateral- a que su rol palidezca. El equipo está siempre por encima de todo y de todos. Y la actitud de Mesa lo define como un muy buen profesional y un gran compañero.

Iván Azón se señaló el escudo nada más anotar el gol del empate y, de inmediato, pasó a ser la imagen del encuentro. Hay mucho simbolismo en esta FUTBOLGRAFIA: el león se señala al león, el escudo se toca el escudo, quien es todo corazón apunta al corazón. Una derrota no hubiera puesto en riesgo la permanencia, porque la ventaja seguiría siendo notable, pero sí habría desatado una nueva tormenta alrededor de un equipo que debe intentar terminar la temporada con las mejores sensaciones posibles. Azón volvió a acudir al rescate como sólo son capaces de hacerlo los mejores especialistas. Supera, partido tras partido, las mejores expectativas que se ciernen sobre él y obliga al recuerdo de la apuesta que Iván Martínez hizo por él, en su breve paso por el banquillo del primer equipo. Iván Azón, corazón de león.

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