Fuera de foco

Snatch: cerdos y diamantes

Azón hace saltar la banca a diez minutos del final, cuando todo el mundo daba por bueno el empate. Tras un inicio prometedor, de dominio y gol, el Zaragoza de JIM -de trayectoria intachable- vuelve a encontrar en el sufrimiento extremo su zona de confort

El director y guionista británico Guy Ritchie se sumerge en los bajos fondos criminales de Londres para regalarnos esta comedia negra con tintes tarantinianos. Snatch lo tiene todo: un guion ágil e inteligente, de ritmo endiablado, compuesto por varias historias que se entrelazan entre sí; diálogos hilarantes, cargados de humor negro, acidez e ironía; una banda sonora al más puro estilo british; y un reparto coral extraordinario, sobrado de personajes pintorescos: ladrones de diamantes, matones a sueldo, apostadores ilegales… Entre ellos, Brad Pitt. El actor americano encarna a Mickey, un boxeador gitano de habla incomprensible. El pobre Mickey se ve envuelto en un combate ilegal de boxeo, organizado y amañado por los mismos gangsters que asesinaron a su madre de un modo muy poco sutil: quemándola viva en el interior de una caravana. Mucha pasta en juego, todas las miradas clavadas en el gitano y todas las apuestas apuntando hacia la misma dirección. Alerta spoiler: para evitar un baño de sangre, Mickey tendrá que caer a la lona en el cuarto asalto.

Si mañana se enfrentaran, en cualquier hipotética final, el Real Zaragoza de JIM contra el Brasil de Pelé, apostaría por los primeros sin dudarlo ni un segundo. Y me haría millonario. Me apoltronaría en el sofá, cerveza en mano, a disfrutar de los Jairzinho, Tostao, Gerson y compañía. Vería bailar a los brasileños, primero en fase defensiva, con esa cadencia lenta, casi hipnótica, capaz de anestesiar al rival con un surtido infinito de pases al pie; los vería acelerar, en zona de tres cuartos, al ritmo de batucada, cambiando de marcha sin pisar el embrague, apoyándose en un repertorio ilimitado de regates mentirosos. Y los vería fallar, incomprensiblemente, donde los brasileños nunca suelen fallar: el cabezazo de Pelé, congelada su figura en el aire a tres metros de altura, se toparía con el guante milagroso de Cristian Álvarez en la escuadra; el torpedo de Rivelino reventaría la cruceta, tras haber sido desviada su trayectoria por el vuelo bajo de alguna paloma despistada; y el golazo de chilena de Tostao, anulado con polémica en la sala VOR por juego peligroso. En el descuento, gol de Azón y lágrimas cariocas. El chute de adrenalina en Fuenlabrada nos regaló ayer media hora de juego magnífica. La victoria contra el Almería nos deja la mente limpia para afrontar el sprint final con una sonrisa comedida. El Real Zaragoza de JIM -los números son inobjetables- no tiene nada que envidiar a los gallitos de la categoría. Viene remando a contracorriente, además, desde tiempos inmemoriales y se ha ganado a pulso -con esfuerzo, trabajo y sufrimiento- el derecho a disfrutar de esa pizca de suerte que parece acompañar siempre a los equipos grandes.

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