José Mendi
LO MEJOR ESTABA AQUÍ
En igualdad de condiciones, priman las experiencias agradables. Es un modo de supervivencia para que los sinsabores no nos vuelvan amargados
Las películas son más interesantes si, tras una mala obertura, mejoran conforme avanza el desenlace. Sin embargo, parecen peores si la irrupción de los rótulos finales le salvan de una demoledora crítica final, a pesar de un brillante comienzo. Es lo que tiene la memoria. Se queda con lo mejor y lo más reciente. Para que un recuerdo se consolide en nuestro cerebro debe estar ligado a una emoción. Pero, en igualdad de condiciones, priman las experiencias agradables. Es un modo de supervivencia para que los sinsabores de la vida no nos vuelvan unos amargados. Todos los zaragocistas con uso de razón, sabemos dónde estábamos el día que Nayim se convirtió en la cigüeña parisina que nos trajo la criatura más preciosa de nuestro palmarés. Por eso, la memoria de los seguidores maños está deseando borrar este decenio maldito, esperando que se difumine en nuestra aficionada memoria, tal y como lo hacen las lágrimas en la lluvia (Blade Runner, 1982). Soy consciente de que me va saliendo el epílogo de una temporada que no ha terminado. La cabeza me lleva al futuro para mejorar el presente y borrar lo sufrido. No me acuerdo de la angustia, y seguro que en la historia podremos convertir este decenio futbolístico, en la Alesia maña. Esa famosa batalla que perdieron los galos de Ásterix frente a los romanos y de la que nunca se quieren acordar en sus historietas.
La idiosincrasia ha ido cambiando. Iba a utilizar la palabra evolucionado, pero me resisto a confundir un rasgo con un estado
Hemos analizado el perfil psicológico de nuestro equipo y, como las personas, su idiosincrasia ha ido cambiando. Iba a utilizar la palabra evolucionado, pero me resisto a confundir un rasgo con un estado. Algo que tiene más importancia mental que lingüística. Coloquialmente utilizamos términos similares, aunque con acepciones diversas en lo que a la ciencia del comportamiento se refiere. Hablamos del carácter de un jugador, de su temperamento, de sus rasgos de personalidad y de su estado anímico. Son cuestiones diferentes y diferenciables. En mi disciplina, el carácter es la parte de la personalidad adquirida que se conforma en función de las experiencias psicológicas, sociales y culturales. El temperamento, en cambio, es una cualidad heredada que tiene una base neurobiológica. Si hablamos de rasgos de personalidad, lo hacemos de todo aquello que engloba un patrón de respuestas estables y reiteradas de cada individuo. Y si hablamos de estado, nos referimos a una actividad mental y psicológica breve y del presente. Son acepciones que sirven para los humanos, para las organizaciones y para los equipos de fútbol. Muchas veces hablamos de un jugador temperamental por su propensión a confundir la intensidad con la agresividad. Y lo más probable es que no sea algo propio de su estructura cerebral, sino de su respuesta ante la frustración. Un jugador sin carácter lo calificamos como poco emocional, aunque su racionalidad sea fundamental para el equipo y su motivación sea más intrínseca que extrínseca; es decir, dependa más de su activación interior que de la animación del graderío. La relación de la ansiedad con el rasgo y el estado de un jugador define su rendimiento y la del colectivo al que pertenece. Es lo que llamamos ansiedad-rasgo (A/R) y ansiedad-estado (A/E).
Existen folios y folios con números y estadísticas fisiológicas, pero ni una sola cifra para evaluar las condiciones psicológicas
Como me voy metiendo en materia oscura, les diré que éste es uno de los aspectos que menos se trabaja en la psicología de los equipos de fútbol. Etiquetamos a los jugadores, a los entrenadores y los propios equipos por lo que hacen en situaciones concretas. La clave es conocer y medir los aspectos estables, como son los rasgos y el temperamento de los jugadores de los que disponemos, y de las líneas de campo que comparten en la alineación. Y trabajar con las variables dinámicas, como son el estado y el carácter de cada miembro del equipo. Sólo así podemos intervenir en la mejora psicológica y multidimensional de un equipo de fútbol. En mi opinión de mero observador, se percibe una mezcla aleatoria de todas esas incógnitas en la plantilla zaragocista, pero no existe un trabajo para integrar y pulir el volumen de dichos aspectos psicológicos. En una conversación distendida con un director deportivo, me explicaba el volumen de datos y datos que maneja el cuadro técnico, sobre el rendimiento fisiológico y deportivo de cada jugador de una plantilla. Folios y folios con números y estadísticas. Pero ni una sola cifra para evaluar las condiciones psicológicas. Si tratamos con los jugadores de un equipo como si fueran cifras de rendimiento profesional, podemos tener unas buenas máquinas de jugar al fútbol. Pero no tendremos un jugador integral de equipo, ni conformaremos un equipo cooperativo que mejore su rendimiento grupal. Aquí es donde entra la psicología deportiva.
El Real Zaragoza ha solventado la campaña gracias a su estado emocional, en un inestable equilibrio, con más corazón que cabeza
El Real Zaragoza ha salvado la temporada gracias a su estado emocional y la está finalizando con un rasgo de identidad competitiva muy consolidado. Si nuestro equipo cultiva ese rasgo deportivo para la próxima temporada, asentará su nivel futbolístico. Si activa el estado emocional para situaciones de crecimiento, y no sólo como subsistencia en momentos de emergencia, multiplicará su rendimiento. Esta es la clave del trabajo psicológico que necesita este grupo. Decíamos en las últimas MENDILUNAS que el equipo había seguido una trayectoria inestable de equilibrio. Al fin y al cabo, es una línea más positiva que el equilibrio inestable. La primera, te lleva de media hacia el objetivo a través de los bandazos. La segunda, te saca permanentemente de la ruta fijada con riesgo de colisión. El conjunto blanquillo ha solventado la campaña con más emoción que cabeza. De hecho, la parte motivacional de los jugadores y aficionados ha compensado el desajuste institucional y deportivo de la campaña. Las turbulencias del aterrizaje de una nueva propiedad, la timidez y el retraso en la oxigenación necesaria, los cambios en la dirección deportiva y en el banquillo, las lesiones, los fichajes fallidos y acertados etc. se han compensado gracias a la implicación de los jugadores seguros -los de casa- y a un graderío con un crédito inagotable. que da siempre mucho más de lo que recibe; ya sea a través de la cuota económica o de la satisfacción deportiva.
Suele ser más cómoda la inercia de llegar a lo básico, que el esfuerzo de mejorar la meta. Cuando se ve cerca el final deseado, nos vence la pereza
La misma respuesta del equipo que nos ha permitido seguir en el fútbol profesional es la que nos dificulta un arreón de ambición deportiva en la conclusión de esta temporada. Esa rigidez sobre el campo desnuda un divorcio con la afición que necesita un subidón de aspiraciones para superar las frustraciones. Una paradoja que mantiene cohesionada la convivencia entre la grada y la plantilla. Pero mientras el club, de la mano del cuerpo técnico y jugadores, prefiere un compromiso estable a futuro, los espectadores de La Romareda buscamos algo de sexo futbolístico que lubrique nuestros deseos. No es un problema de distanciamiento sino de complementariedad. Si has jugado así para llegar de esta manera, ahora que tienes más recursos y menos angustias, nos podríamos permitir alguna alegría. Esa transición de objetivos es difícil de gestionar en el fútbol. Suele ser más cómoda la inercia de llegar a lo básico, que el esfuerzo de mejorar la meta, aunque se ponga al alcance del pie. Cuando se ve cerca el final deseado, nos vence la pereza de no trabajar por el soñado.
La afición, sentada en Ipurúa, acompañaba el sufrimiento conservador de su equipo, que vestía de avispa pero sufría como un escarabajo pelotero
Nos pudimos alegrar hace unas semanas de apagar las llamas del descenso. Pero ese sentimiento, aunque comprensible, no es natural en los zaragocistas. Lo que llevamos dentro está pugnando por salir, como un buen espumoso aragonés en el reciente San Jorge. Diez años de burbujas a presión necesitan un poro mínimo de explosión para que el volcán del ascenso sea el Krakatoa del León. Y eso no se mide en porcentaje de probabilidad. La excelencia de la afición no se evalúa con la Excel de la razón. Y en los jugadores, se mide en voluntad y disponibilidad de esfuerzo. Si el empate frente al Levante nos supo a poco para consolidar la categoría, las victorias frente a Granada y Rácing abrieron la grieta volcánica para encender el ‘play on’. Esfuerzo frente a los andaluces y suficiencia contra los cántabros, fueron los elementos de combustión que impulsaron la lava de la ilusión. Sin embargo, el equipo seguía prisionero de sus objetivos futbolísticos. Los mismos que le habían salvado de la tristeza, ahora le lastraban en la euforia. Frente al Éibar, los aficionados empujábamos a nuestro equipo tras el televisor para que fuera a por la victoria. Sin embargo, era el equipo vasco el que parecía impulsado por los deseos maños. La afición, sentada en Ipurúa, acompañaba el sufrimiento conservador de un supuesto equipo local que vestía de avispa, pero sufría como un escarabajo pelotero. El fútbol al revés.
Dudamos si la película está terminando bien o podía finalizar peor. Convertimos ilusión en paciencia, pero no nos pidan paciencia para tener ilusión
Nos queda la duda de saber si la película está terminando bien o es que podía haber finalizado peor. Pero también, si mereció comenzar tan mal sabiendo que podías culminar mejor. En definitiva, seguimos buscando un proyecto que pueda encajar en la racionalidad de las posibilidades y en la emocionalidad de las sensibilidades. Nuestra clasificación nos sitúa en la zona media, pero no somos un equipo mediocre. Sabemos que un bloque que aspire a más, necesita jugadores como los que se van a ir. Y que regresen otros como los que dejamos prestar. Somos conscientes de que necesitamos una plantilla amplia que se enfrente a las lesiones y a las pájaras de mal agüero. Conocemos el valor de la previsión y la planificación. También de la estabilidad en el banquillo, con medios y decisiones compartidas. Necesitamos a los que no juegan, pero que se implican en cada entrenamiento. Y demandamos a otros, que aunque no cobren tanto, marquen más. El negocio de los intereses del mercado ha hecho mucho daño al fútbol. No necesitamos a entrenadores o directores deportivos que traigan a ‘sus‘ jugadores, sino a los nuestros. A los que necesitamos. Quizás los aficionados debamos rememorar una ranchera, a las puertas de las oficinas zaragocistas, en la que emulemos el estribillo que hiciera famoso a Vicente Fernández. “Con dinero y sin dinero/ Yo sé siempre lo que quiero/ Y nuestro ascenso es la ley/ No tengo Tebas ni reina/ Ni nadie que me defienda/Pero sigo siendo el rey”. Quienes nos sentamos en el templo de La Romareda hemos convertido la ilusión en paciencia. Pero no nos pidan paciencia para tener ilusión. A estas alturas de la película, no nos interesa si mejora conforme avanza el guión. Lo único que queremos es que, de una vez por todas, haya un final de Primera. Por nosotros no quedará. Hemos demostrado en estos diez años que lo mejor no está por venir. Lo mejor siempre ha estado aquí. Somos magníficos, somos la afición del león.
